Si se mantiene una buena salud física, en términos relativos, sin que
se haya deteriorado desmedidamente el equipo biológico necesario, entonces:
Las funciones intelectuales elevadas,
tales como la imaginación, la habilidad de juzgar, la de generalizar, etc. son
relativamente independientes de la edad de la persona y su declinación depende
mucho de cada individuo.
Lo que disminuye en la vejez, no es el
poder mental en sí, sino la rapidez con que se ejecutan las tareas
intelectuales. El deterioro es más notable en aquellas en que cuenta la
rapidez con que se reacciona. La
edad afecta mucho más “cuanto” se hace que “cuan bien se hace”.
Se describen tres clases de memoria:
Inmediata, Reciente y Remota. Las
dos primeras, según fuertes indicios, se deterioran según vamos envejeciendo.
Sin embargo la memoria remota puede hasta mejorar.
En el aprendizaje hay que tener en cuenta:
· La
naturaleza de la tarea: los aprendizajes que requieren la presencia de factores
visuales y motores declinan más rápidamente con la edad, mientras que las
tareas que implican aspectos verbales y de información pueden mejorarse durante
los años productivos del individuo.
· Aparentemente
las personas que con mayor frecuencia desarrollan conductas que exigen
aprendizaje (manteniendo una actitud inquisitiva e interesada en muchos
aspectos de la vida) pierden su habilidad para aprender, más lentamente.
· Los que
enseñan a personas mayores deberán tener en cuenta las limitaciones físicas
(disminución de la visión, la audición) y los condicionamientos sociales (falta
de confianza en sí mismo) de los ancianos, que influyen negativamente en el proceso de
aprendizaje. Podrán ayudar a superar estos inconvenientes, con conductas tan
simples como hablar pausadamente y en voz alta o brindar estímulos positivos.
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